Cuando aparece un síntoma, la mayoría de nosotros conecta con una sensación inmediata: Miedo.
Un estornudo, un ardor en la garganta, un cansancio repentino…
y la mente corre más rápido que la biología.
Pero si miramos más de cerca, descubrimos algo esencial:
No reaccionamos exagerado por el síntoma en sí.
Reaccionamos exagerado por no entender lo que significa.
La exageración nace en la interpretación, no en la biología.
El cuerpo no dramatiza. La mente sí.
El cuerpo sigue una lógica impecable.
No improvisa.
No actúa en tu contra.
No genera caos por gusto.
Los síntomas no aparecen para castigarte ni para hacerte daño.
A veces, incluso aparecen cuando el cuerpo está terminando un proceso, no cuando algo grave está comenzando.
Imagina que dentro de ti hay una obra en construcción:
el síntoma es esa fase donde los trabajadores están terminando la tarea…
y tú, desde afuera, ves el polvo y piensas que algo se está dañando.
Pero no es daño: es terminación.
Por qué reaccionamos con miedo
Porque no entendemos la secuencia.
Porque confundimos sensación con peligro.
Porque crecimos desconectados de nuestra propia biología.
Una pregunta que lo cambia todo
La próxima vez que aparezca un síntoma, pregúntate:
“¿Este síntoma está iniciando algo… o está terminando algo que yo ya viví?”
Esta simple pregunta abre claridad.
No necesitas saber teoría médica.
Solo necesitas recordar que tu cuerpo opera con sentido.
La biología jamás actúa sin propósito
Cuando entiendes eso, cambia tu relación con lo que sientes.
El miedo baja.
La presencia sube.
Y aparece la posibilidad de escuchar al cuerpo sin pelear con él.
Mantra para cerrar
“Comprender al cuerpo es empezar a escucharte a ti.”